Diarios de Futbol

La noche en la que Leo Messi alzó al cielo del Santiago Bernabéu su camiseta mostrando al mundo su dorsal escenificó, probablemente sin pretenderlo, una extraña y preocupante simbología que, en aquellos momentos de euforia disparada, no fue percibida por el entregado barcelonismo. Señalando su nombre tras culminar la remontada que ponía al Barça en la senda correcta, el argentino dejó patente a quién debían los azulgranas el poder seguir en la pelea por el título. Frente al Barça de las individualidades de, fundamentalmente, Leo y Neymar, el Real Madrid interponía un equipo con un bloque sólido, compacto y sin apenas fisuras en el que todos sus integrantes, desde la primera vedette hasta el último de los figurantes, han tenido su cuota de protagonismo en algún momento de la campaña. Es el gran mérito de Zinedine Zidane. Su intachable gestión del grupo ha tenido su culminación con la recta final de Cristiano Ronaldo, indudablemente el jugador del momento. Convencer al luso de la imperiosa necesidad de dosificar su presencia en partidos de rango menor, algo que hasta ahora nadie había conseguido, ha sido la jugada maestra que ha llevado a la trigésimo tercera liga y a una nueva final de la Champions League. Vaciarse sí, pero cuando la ocasión lo exija. La conquistada en Málaga ha sido la liga del bloque. La del triunfo del colectivo por encima de las (extraordinarias) individualidades.
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El momento anímico del Real es tal que si mañana tuviesen que disputarle la Superbowl a los Patriots o la Stanley Cup a los Pittsburgh Penguins se traerían los títulos a la Cibeles. No hay equipo en el mundo del deporte con tan idílica y productiva relación con el éxito. Anoche, sin tiempo para la duda o la incertidumbre, Cristiano despejó el camino con un gol en La Rosaleda en el minuto dos del partido decisivo. No siempre hay un Tenerife para este club. En esa facilidad exhibida por el Madrid para abrochar el título y dar carpetazo a las especulaciones reside la clave del éxito. La Liga se ha ganado en modo funcionarial. Exprimiendo la máquina cuando era necesario y limitándose a comparecer cuando no. Sin alharacas ni dispendios extraordinarios, guardando siempre las fuerzas para los momentos oportunos como los buenos ciclistas. Sin una energía malgastada cuando no correspondía. Venciendo desde su aristocracia y su superioridad, casi con miedo de no ofender. Acumulando enemigos y sumando partidarios, siempre con la vehemencia que despierta el dominio tiránico.
La que hace la número treinta y tres es la Liga del mejor Cristiano que uno recuerda en un tramo final de la temporada, pero también lo es la del renacido Keylor, la de la irrupción derribando la puerta de Marco Asensio o la de la definitiva, parece, confirmación de Isco como futbolista referencial. También lo es de la intachable regularidad de Sergio Ramos, Toni Kroos o Dani Carvajal, del mejor Marcelo que jamás se haya visto sobre un campo de fútbol, de la fiabilidad de Nacho y Casemiro o de las sutiles y escogidas pinceladas de Karim Benzema. Lo es, incluso, de los altibajos de Gareth Bale, del permanente tira y afloja de James, de la tenacidad del discutidísimo Danilo (titular en Vigo y Málaga) o de la agridulce aportación a la causa de Álvaro Morata. Porque de todos esos malos pasajes supo conseguir Zidane una muesca más en la contabilidad de su buena gestión grupal. Un bloque que supo sobreponerse a los desequilibrios lógicos y naturales que se suceden a lo largo de una temporada y que, gracias a la firmeza y la pericia de su técnico al timón, consiguió salir triunfal de una travesía repleta de afilados y amenazantes farallones. Este Madrid ya no pierde ligas sobre la bocina. Ya no deja lugar a la duda ni exhibe todas sus miserias en forma de astracanada final. Suena a Madrid moderno, mucho menos emocional que aquel con el que los de nuestra generación crecimos, mucho más habilidoso cuando se maneja al filo de la navaja.
Camisetas y equipaciones de la La Ligue 1 francesa: Paris Saint Germain, AS Mónaco, Marseille.