Tiempos de Cometa

Camisas de seda, noches de baile, tango y cabaret. En un mundo en blanco y negro, donde los ecos de una guerra ajena llegaban en forma de tinta en los periódicos, una bandera sin color comenzaba a pintarse de celeste y blanco con un sol bisoño asomándose en el centro; y Martín Fierro la miraba con millones de pupilas, embriagado. Era Argentina, porteña y propia; tan grande que no cabía dentro de sí… como su fútbol. Y en Núñez y La Boca, Avellaneda y Boedo, un niño no tenía que alzar la vista para ver los astros: solo tenía que ir a la cancha porque en Argentina cada día nacía uno nuevo. Y la gente iba y en los campos de fútbol abarrotados se escribía un relato sin igual: el mejor fútbol del mundo no necesitaba ganar ninguna copa para serlo. ¿Necesitó Borges el Nobel para ser el mejor escritor de siempre?
Camisetas de Fútbol de las Selecciones del Mundial 2018.
La década de 1940 en Argentina fue como una velada de speakeasy en La Prohibición, selecta y ostentosa a espaldas de un mundo gris. Mientras en Europa se lanzaban bombas y en Brasil aprendían a jugar, en Buenos Arias, La Plata y Rosario descosían la pelota más allá de la imaginación: “todo lo que veo ahora ya lo vi, pero lo que veía antes no lo veo más”. ¿De qué carajos hablaba Pedernera? ¿De qué filigranas perdidas cual Atlántida fueron testigos sus ojos que pronto no habrá nadie que las recuerde? Como si de un secreto que debía ser guardado con celo, finalizada la guerra y llegado el Mundial, Argentina decidió no jugarlo. O no pudo. Otra vez la Atlántida: en 1949, la huelga, un maremoto, se lo llevó todo. Nos quedó Di Stéfano como prueba de que existió una vez un lugar en el que ‘La Saeta’ no era un dios ni brillaba más fuerte que nadie en el firmamento.
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O eso es lo que dice la leyenda: ¿Cómo saberlo? Subcampeones en Uruguay 1930, pero reyes de América de el 27′ y el 29′; primera fase de 1934, pero los suyos bañados de oro y billetes enfundados en la bandera de la Italia fascista. Y pasarían veinticuatro años para que quisieran volver a jugar, recelosos de un tesoro que convertía el cuero en diamantes. Quizás tenían razón. Eso también es parte del mito: lo que pasó en 1958 en Suecia no debió ocurrir jamás. En el país mundial de los culpables, las sentencias fueron repartidas. Jugadores, cuerpo técnico, la AFA y hasta Perón fueron declarados responsables. La lógica del periodismo era la contradicción: Argentina había perdido porque se había aislado, jugando apenas un puñadito de partidos entre 1949 y 1954, cayendo su fútbol en la obsolescencia y el desfase técnico y táctico, pero también había perdido por abrirse al mundo y no nacionalizar su fútbol como se había pedido tras el gol imposible de Grillo a Inglaterra en 1953. Por ello, ni Sívori, ni Angelillo, ni Maschio, ni Domínguez ni el mismo Grillo fueron a la Copa del 58′, arrebatados por el dinero europeo a quienes eran sus legítimos dueños. Culpables porque sí y porque no.